Consenso y concordia
Aproximación al concepto de concordia
28 septiembre 2026
Por Tomás de Domingo Pérez
Faltan apenas tres meses para que se conmemoren los cincuenta años del referéndum sobre el proyecto de ley para la Reforma Política, el histórico momento en el que el pueblo español dio su apoyo a una ley que suponía el paso de la dictadura a la democracia. Apenas un mes antes, el proyecto de ley había sido votado el 18 de noviembre por los procuradores en las Cortes franquistas, que decidieron acabar con el régimen estatuido por Franco. El Rey Juan Carlos I, el Gobierno presidido por Adolfo Suárez y el propio presidente de las Cortes, Torcuato Fernández-Miranda, maniobraron para conseguir el apoyo mayoritario de los procuradores, apelando no sólo al argumento decisivo de que había que dejar atrás la España de los vencedores de la Guerra Civil, sino empleando argucias que bien podrían inspirar un thriller político de lo más entretenido.
Cuando uno repasa las intervenciones en los debates parlamentarios de este proyecto de ley, observa que los oradores eran plenamente conscientes de la trascendencia histórica del momento y de la decisión que iban a adoptar. Los debates destacaron por el respeto con el que se escuchaba a los oradores, por la libertad con que cada cual manifestó su posición, y por el sobresaliente nivel en el fondo y en la forma de los discursos. La mayoría que apoyó el proyecto de ley consideraba que era necesario dar la palabra al pueblo porque sólo así los españoles se podrían reencontrar y decidir su futuro desde la base de la concordia, es decir, desde el deseo de convivir sin excluir al adversario político por considerarlo como un enemigo. Esa era la única forma de superar la Guerra Civil. Pero la concordia no sólo debía ser la fuerza que pusiera en marcha el cambio político, sino el pilar fundamental sobre el que caminar juntos una vez instaurado el nuevo orden constitucional.
Han pasado cincuenta años desde esa histórica cita y, entre las muchas reflexiones que debemos realizar, hay una que, en mi opinión, resulta imprescindible: ¿cuándo dejamos de transitar la senda de la concordia y comenzamos a conducirnos por la del consenso? El Rey Juan Carlos I unió ambos términos en su discurso de proclamación al afirmar que “nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional”. Pero, ¿acaso son términos equiparables? No lo creo. Como atinadamente observa Julián Marías, es posible la concordia sin acuerdo, y quizá, añadimos nosotros, también sea posible el consenso sin concordia. Porque la concordia es exigente: se basa en el deseo de caminar juntos, incluso cuando se discrepa, mientras que el consenso parece carecer de ese dinamismo proyectivo. Puede ser alcanzado por razones estratégicas; es más un punto de llegada que de partida. Quizá olvidamos demasiado pronto que el consenso era importante, pero siempre que estuviera fundado en un auténtico afán de concordia. Hoy, sin embargo, hemos dejado atrás no sólo la concordia, sino también el consenso. ¿Cuáles son las razones por las que hemos llegado a este punto? Urge afrontar esta pregunta con toda su radicalidad.